Cuento de muestra
Isabella y el estuche de las estrellas
Muestra · protagonista: Isabella, 6 años
La noche antes de empezar primero, Isabella revisó su mochila cinco veces. Cuaderno, lápices, la lonchera con su nombre, y el estuche nuevo, azul oscuro con estrellas plateadas. Todo estaba en su sitio. Pero ella tenía un nudo en la barriga.
—¿Y si no tengo a nadie con quien jugar? —le preguntó a su padre.
Papá se sentó en la cama. —¿Sabes qué? Mañana habrá muchos niños pensando exactamente lo mismo. A lo mejor tú puedes ser la primera en decir «hola».
Por la mañana, la escuela parecía enorme. Había niños por todas partes, mochilas de todos los colores y un ruido como de cien pájaros. Isabella apretó la mano de papá.
En la puerta de la clase les esperaba la maestra Carmen. Tenía el pelo recogido con un lápiz y una sonrisa tranquila. —Tú debes de ser Isabella. Te he guardado un sitio junto a la ventana.
Papá le dio un abrazo largo. —A la salida te espero aquí mismo, en esta puerta. —Isabella asintió, respiró hondo y entró.
Su sitio estaba junto a una niña de trenzas que miraba la mesa muy seria. Tenía los ojos un poco brillantes, como si fuera a llorar.
Isabella se acordó de lo que había dicho papá. Abrió su estuche de estrellas y dijo: —Hola. Me llamo Isabella. ¿Quieres un lápiz de colores? Tengo el morado, que es el mejor.
La niña la miró. —Yo me llamo Valeria —dijo bajito, y cogió el lápiz morado.
Aquella mañana dibujaron sus casas, aprendieron una canción sobre los días de la semana y descubrieron dónde estaba el baño (al final del pasillo, junto a una planta enorme). En el recreo, Valeria le enseñó a saltar a la comba, e Isabella le enseñó un juego de palmas que le había enseñado su prima.
Cuando sonó el timbre de la salida, Isabella casi se sorprendió. ¿Ya?
Fuera, en la misma puerta, como había prometido, estaba papá. Isabella corrió hacia él. —¡Papá! ¡Tengo una amiga! ¡Se llama Valeria y salta a la comba muy rápido! ¡Y el baño está al lado de una planta gigante!
Lo contó todo por el camino. Lo volvió a contar en la merienda. Y a la hora de cenar se lo contó a la abuela por teléfono.
Por la noche, al preparar la mochila para el día siguiente, Isabella metió dos lápices morados en el estuche de las estrellas. —Uno es para Valeria —explicó.
Después se metió en la cama. El nudo de la barriga había desaparecido. En su lugar había algo calentito, como cuando esperas algo bueno.
—Buenas noches, papá. Mañana quiero llegar pronto.
Y se durmió pensando en trenzas, en canciones de los días de la semana y en una comba que giraba y giraba.



