Cuento de muestra
Valentina y la piedra del corazón
Muestra · protagonista: Valentina, 3 años
La noche antes de empezar la guardería, Valentina no tenía mucho sueño. Miraba su mochila nueva, la de la mariquita, colgada en la silla, y pensaba en todo lo que no sabía. ¿Cómo sería la guardería? ¿Habría juguetes? ¿Y si papá se olvidaba de ir a buscarla?
Papá se sentó a su lado y sacó algo del bolsillo. Era una piedra pequeña, lisa y gris, con una forma muy especial: parecía un corazón.
—La encontré en la playa el verano pasado —le dijo—. Es una piedra de las que guardan cariño. Si mañana me echas de menos, la aprietas fuerte, y yo me acordaré de ti.
Valentina la guardó debajo de la almohada y se durmió apretándola.
Por la mañana, la guardería olía a galletas y a pintura. Había un patio con un tobogán amarillo y una clase con cojines de colores. En la puerta les esperaba una señora con gafas redondas y una voz muy suave.
—Hola, Valentina. Yo soy Rosa. Hoy vamos a pintar con los dedos.
Valentina se agarró a la pierna de papá. Papá se agachó, le dio un abrazo largo y le dijo lo mismo que le diría todos los días:
—Vas a jugar, vas a comer y vas a dormir la siesta. Y después de la siesta, vengo a buscarte.
Luego se fue. Valentina lloró un poquito. Rosa no le dijo que no llorara; se sentó a su lado y esperó. Valentina metió la mano en el bolsillo y apretó la piedra del corazón. Estaba calentita.
Al rato, un niño con el pelo de punta se acercó con un cubo.
—Me llamo Hugo. ¿Quieres hacer un castillo?
Hicieron un castillo de arena con cuatro torres. Después pintaron con los dedos un sol enorme, y Valentina se manchó la nariz de naranja, y Hugo se rio tanto que se cayó de la silla. A la hora de comer había macarrones. A la hora de la siesta, Rosa puso una música bajita, y Valentina se tumbó en su colchoneta con la piedra en la mano.
Cuando se despertó, se acordó de las palabras de papá: después de la siesta, vengo a buscarte.
Y la puerta se abrió. Allí estaba papá, a la hora de siempre, con los brazos abiertos.
—¡Papá! ¡He hecho un castillo con Hugo! ¡Y me he pintado la nariz!
Por el camino a casa, Valentina se lo contó todo dos veces. Por la noche, antes de dormir, sacó la piedra del bolsillo y la dejó en la mesilla.
—Mañana me la llevo otra vez —dijo bostezando—. Pero creo que ya no voy a apretarla tanto.
Papá le dio un beso en la frente. Y Valentina se durmió pensando en el castillo de cuatro torres que construiría al día siguiente.




