Cuento de muestra
Lucía y la linterna de la luna
Muestra · protagonista: Lucía, 4 años
A Lucía le gustaba mucho su cuarto. De día. Tenía una alfombra con forma de nube, un estante lleno de cuentos y una ventana desde la que se veía el árbol grande del patio. Pero cuando mamá apagaba la luz, el cuarto se volvía otro.
El perchero se convertía en un señor muy alto con sombrero. La mochila colgada parecía una cara con la boca abierta. Y desde el árbol del patio llegaba un ruido, cris, cras, como de uñas en la ventana.
—Mamá —llamó Lucía aquella noche—, en mi cuarto hay alguien.
Mamá volvió, se sentó en la cama y no se rio.
—A oscuras todo parece distinto, ¿verdad? —dijo—. A mí también me pasaba cuando era pequeña.
Entonces se oyó un toc, toc muy suave en el cristal. Lucía se tapó hasta los ojos. Pero no era el señor del sombrero. Era la luna, redonda y brillante, asomada entre las ramas.
—Perdona que llame tan tarde —dijo la luna—. Vengo a traerte algo.
Y por la rendija de la ventana dejó caer un rayito de luz, pequeño y plateado, que se quedó quieto sobre la mesilla. Lucía lo tocó con la punta del dedo. Estaba tibio. Al cogerlo, se convirtió en una linterna diminuta.
—Es para que mires —dijo la luna—. Las cosas que dan miedo suelen ser cosas que todavía no has mirado bien.
Lucía respiró hondo. Mamá le apretó la mano. Y juntas apuntaron la linterna al señor del sombrero.
Era el perchero. Con la bata de cuadros y el gorro de lana de Lucía colgado arriba.
—¡Era mi gorro! —se rio Lucía.
Luego apuntaron a la cara con la boca abierta. Era la mochila, con la cremallera a medio cerrar y un calcetín asomando. Y el cris, cras de la ventana era una rama del árbol que el viento movía para darle las buenas noches.
—¿Ves? —dijo la luna—. La noche no viene a asustarte. Viene a que todo descanse: el árbol, los pájaros, los coches de la calle. Y yo me quedo despierta para vigilar.
Lucía dejó la linterna encendida un ratito más, solo para comprobar que todo seguía en su sitio. El perchero era un perchero. La mochila era una mochila. El árbol se mecía despacio.
Después le dio la linterna a su osito Bruno.
—Ahora te toca a ti —le dijo—. Si ves algo raro, lo miras bien.
Mamá le dio un beso y dejó la puerta entornada. Por la ventana, la luna brillaba tranquila. Lucía bostezó, se acurrucó junto a Bruno y miró la oscuridad, que ya no parecía tan oscura.
—Buenas noches, luna —susurró.
—Buenas noches, Lucía —contestó la luna. Y se quedó toda la noche cuidando su ventana.




