Cuento de muestra
Mateo y la nube que no tenía sueño
Muestra · protagonista: Mateo, 4 años
Aquella noche, cuando Mateo ya tenía puesto el pijama de cohetes, vio por la ventana una nube pequeña y blanca que no se iba a dormir. Todas las demás nubes se habían marchado detrás de las montañas, pero esa seguía allí, dando vueltas alrededor de la luna.
—¿Por qué no te duermes? —le preguntó Mateo en voz bajita.
—Porque no sé cómo se hace —contestó la nube—. Las demás nubes se van muy rápido y yo siempre llego tarde.
Mateo pensó un momento. Él sí sabía cómo se hacía. Lo hacía todas las noches.
—Primero hay que ponerse algo calentito —le explicó.
La nube se envolvió en un trocito de cielo azul oscuro, suave como una manta.
—Después hay que dar las buenas noches a todo el mundo —siguió Mateo.
Y juntos empezaron. Buenas noches, luna. Buenas noches, estrellas. Buenas noches, farola de la esquina. Buenas noches, gato del vecino, que estaba en el tejado con los ojos medio cerrados.
—¿Y luego? —preguntó la nube, que ya bostezaba un poco.
—Luego alguien te cuenta un cuento —dijo Mateo—. Pero tiene que ser cortito.
Así que Mateo le contó a la nube el cuento más corto que conocía: había una vez un osito que tenía mucho sueño, se metió en su cama, cerró los ojos y se durmió. Fin.
La nube se rio tan bajito que solo se movieron un poco sus bordes.
—Qué cuento tan bonito —susurró.
—Ahora viene lo último —dijo Mateo—. Hay que respirar despacio, así: tomas aire como si olieras una flor y lo sueltas como si soplaras una vela.
La nube respiró como una flor y sopló como una vela. Una vez. Dos veces. A la tercera, se había vuelto tan blandita y tan redonda que parecía una almohada.
—Creo que ya sé cómo se hace —murmuró, y se fue flotando muy despacio hacia las montañas, donde las otras nubes le habían guardado un sitio.
Mateo se quedó mirando el cielo limpio. La luna le guiñó un ojo, como dándole las gracias.
Entonces se metió en su cama, abrazó a su osito, se tapó hasta la nariz y respiró como una flor. Y como una vela. Y como una flor otra vez.
Y antes de la tercera vela, Mateo ya estaba dormido.




