Cuento de muestra
Daniel y la gran limpieza de la noche
Muestra · protagonista: Daniel, 5 años
A Daniel no le gustaba lavarse los dientes. Le parecía aburridísimo. Además, la pasta picaba un poco y el cepillo le hacía cosquillas en las encías.
—¿Para qué? —preguntaba cada noche—. Mañana se van a ensuciar otra vez.
Una noche, mientras se ponía el pijama, oyó unas vocecitas que salían de su propia boca. Se miró en el espejo, abrió mucho la boca… y vio a sus dientes. Tenían caritas. Y parecían muy cansados.
—Uf —dijo una muela de abajo—. Hoy hemos masticado tres galletas, un plátano, macarrones con tomate y media magdalena.
—Y nadie nos ha limpiado —se quejó un diente de arriba—. Tengo un trocito de galleta pegado y no me deja dormir.
—¿Los dientes duermen? —preguntó Daniel, asombrado.
—¡Claro! —dijeron todos a la vez—. Pero no podemos dormir sucios. Es como si tú te acostaras con la cara llena de chocolate.
Daniel se imaginó durmiendo con la cara llena de chocolate y le dio un poco de risa. Y un poco de asco también.
—¿Y quién se encarga de la limpieza? —preguntó.
Desde el vaso del lavabo, alguien carraspeó. Era su cepillo de dinosaurios, verde y con las cerdas de colores. —Yo —dijo—. Pero no puedo hacerlo solo. Necesito un capitán.
Daniel lo pensó un momento. Capitán sonaba muy bien.
Cogió el cepillo, puso una bolita de pasta y empezó la misión. Primero, los dientes de arriba: ras, ras, de un lado a otro. —¡Gracias! —gritó el diente del trocito de galleta. Luego los de abajo. Luego las muelas del fondo, donde se escondían los restos de macarrón. —¡Por aquí! ¡Por aquí! —le guiaban las muelas.
Mientras cepillaba, Daniel cantaba la canción del barco chiquitito, que dura justo lo necesario. Cuando terminó la canción, se enjuagó y escupió: ¡plof!
Se miró en el espejo. Sus dientes brillaban. Y todos, del primero al último, estaban bostezando.
—Gracias, capitán —murmuró la muela de abajo—. Ahora sí podemos descansar.
Papá se asomó al baño. —¿Ya está? ¿Tú solo? —Sí —dijo Daniel—. Pero puedes hacer la revisión final. Es lo que hacen los capitanes con su ayudante.
Papá revisó, y todo estaba perfecto.
Aquella noche, ya en la cama, Daniel apretó los labios y escuchó. No se oía nada. Sus dientes dormían, limpios y tranquilos.
—Buenas noches, dientes —susurró. Y cerró los ojos con una sonrisa muy brillante.




