Cuento de muestra
Camila y el jardín de los sueños
Muestra · protagonista: Camila, 5 años
Detrás de la casa de Camila había un jardín pequeño, con un limonero, un columpio y un banco de piedra. De día era un jardín normal. Pero Camila sabía un secreto: por las noches, cuando todo el mundo dormía, en aquel jardín crecían los sueños.
Se lo había contado la abuela Rosa. —Cada sueño es una semilla —le dijo—. Si alguien la cuida, por la noche florece y vuela hasta la almohada de un niño.
Una noche, Camila no podía dormir. Dio vueltas en la cama, contó ovejas, contó las estrellas del techo. Nada. Así que se puso las zapatillas, cogió su linterna y salió al jardín sin hacer ruido.
El jardín brillaba. Entre la hierba había flores que no había visto nunca: flores azules que olían a mar, flores amarillas que sonaban como cascabeles, flores moradas que se abrían y se cerraban despacito, como si respiraran.
Pero en un rincón, junto al limonero, había una flor que no se abría. Estaba cerrada, con la cabeza gacha.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Camila.
—Soy el sueño de un niño que vive al final de la calle —susurró la flor—. Hoy está triste, porque se le ha perdido su perro. Y los sueños tristes no saben florecer.
Camila pensó un momento. Ella sabía qué hacía su mamá cuando ella estaba triste. Así que se sentó junto a la flor y le cantó la canción de las buenas noches, la que hablaba de un barco que navega hacia la luna. Luego le echó un poquito de agua de la regadera. Y por último le contó una cosa importante: —Mañana el perro va a volver. Los perros siempre encuentran el camino a casa.
La flor levantó un poco la cabeza. Luego un poco más. Y de repente se abrió, enorme y dorada, y de su centro salió volando un sueño brillante: un perro que corría por un prado verde, moviendo la cola, hacia los brazos de un niño.
El sueño dio una vuelta alrededor de Camila, como dándole las gracias, y se fue volando calle abajo.
Camila sonrió. Entonces notó algo: tenía los ojos pesados. Muy pesados. Bostezó tan fuerte que las flores azules se rieron.
—Ahora te toca a ti —le dijo la flor amarilla, tintineando—. Tu sueño ya está floreciendo.
Camila volvió a casa de puntillas, se quitó las zapatillas y se metió en la cama. Por la ventana entró una luz suave, como de pétalos. Era su sueño, que llegaba a su almohada.
Y aquella noche Camila soñó que volaba sobre el jardín, entre flores que olían a mar.
A la mañana siguiente, desde el final de la calle, se oyó un ladrido alegre.




