Cuento de muestra
Diego y el faro de las buenas noches
Muestra · protagonista: Diego, 5 años
En lo alto de una roca, junto al mar, había un faro blanco con una franja roja. Y en el faro vivía un farero muy mayor, con barba gris y una gorra de capitán: el abuelo Andrés. Aquel verano, Diego había ido a pasar unos días con él.
Cada tarde, cuando el sol empezaba a esconderse, el abuelo subía los ochenta y ocho escalones de la escalera de caracol y encendía la gran luz del faro. —Así los barcos saben dónde está la costa —le explicaba— y pueden volver a casa sin perderse.
Una noche, el abuelo se torció un tobillo bajando a la playa. No era grave, pero no podía subir escaleras.
—¿Y quién va a encender el faro? —preguntó Diego, preocupado.
El abuelo le miró por encima de las gafas. —Creo que conozco a un farero estupendo.
Diego tragó saliva. Los ochenta y ocho escalones daban un poco de miedo, sobre todo cuando ya era casi de noche. Pero cogió la linterna, se puso la gorra del abuelo, que le quedaba grande, y empezó a subir.
Uno, dos, tres… En el escalón treinta oyó el viento silbar por una ventanita. En el cincuenta, una gaviota le miró desde fuera. En el setenta, le temblaban un poco las piernas. Pero siguió. Ochenta y seis, ochenta y siete… ¡Ochenta y ocho!
Arriba estaba la gran lámpara, con sus cristales como un diamante gigante. Diego hizo lo que había visto hacer al abuelo: giró la palanca, apretó el botón verde y… ¡clac! La luz se encendió y empezó a dar vueltas, despacio, sobre el mar oscuro.
A lo lejos, un barquito de pescadores hizo sonar su bocina: tuuu, tuuu. Era su manera de decir gracias. Luego otro. Y otro más. Uno a uno, los barcos fueron entrando en el puerto, siguiendo la luz que Diego había encendido.
Desde abajo, el abuelo le saludó con la mano. Diego se sentía enorme, aunque la gorra se le seguía cayendo sobre los ojos.
Cuando bajó, el abuelo le había preparado un vaso de leche caliente con un poquito de miel.
—Esta noche los barcos han vuelto a casa gracias a ti —le dijo—. Ahora te toca a ti volver a la tuya.
Diego se metió en la cama del cuartito redondo, junto a la ventana. Fuera, la luz del faro pasaba una y otra vez, suave, como una mano que acaricia. Una vuelta. Otra vuelta. Otra más.
Y antes de la décima vuelta, el pequeño farero ya estaba dormido, soñando con barcos que navegaban tranquilos hacia la luz.




